2 de noviembre, Día de los Muertos: para recordar y honrar a los seres queridos que han fallecido
En diálogo con "Ecos de Mañana", programa que se transmite de 7.30 a 9.30 horas por LU9 Mar del Plata, David López Cardeña, académico y antropólogo vinculado a la Facultad de Antropología de la Universidad Veracruzana en México, habló sobre una de las fechas tradicionales más importantes del país centroamericano, que se celebra todos los años el 2 de noviembre.
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El Día de Muertos, que alcanza su punto máximo el 1 y 2 de noviembre, es mucho más que la postal difundida por el cine de Hollywood y películas como Coco. Así lo planteó el antropólogo David López Cardeña, de la Facultad de Antropología de la Universidad Veracruzana, en diálogo con LU9 Radio Mar del Plata desde Xalapa, capital del estado de Veracruz.
El académico describió la festividad como “una de las fiestas tradicionales populares más importantes” de México y pidió dejar de verla como un atractivo turístico: “No es un evento turístico”, remarcó, sino una ceremonia con raíces indígenas que desde 2008 integra la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco.
Una creencia muy arraigada: los muertos regresan
Según explicó López Cardeña, en el centro de la celebración está “la idea de que hay una vida después de la vida y que esos muertos regresan precisamente en estas fechas”, entre los últimos días de octubre y los primeros de noviembre.
Por eso, detalló, a los difuntos “hay que recibirlos con todo lujo”, con lo que comían, lo que tomaban y todo lo que les gustaba en vida.
El antropólogo aclaró que la fiesta no se vive igual en todo el país. Algunas regiones del norte de México no la celebran de la misma manera, y la festividad recibe distintos nombres: en buena parte del norte de Veracruz, por ejemplo, se la conoce como Xantolo.
Dos visiones del mundo que se encontraron
López Cardeña explicó que se trata de una fiesta sincrética, en la que se unieron “dos visiones del mundo”: la mesoamericana prehispánica y la del catolicismo español del siglo XVI.
La coincidencia de calendarios fue clave. El culto católico a los Fieles Difuntos y a Todos los Santos se superpuso con el período en que, en el México prehispánico, terminaban las actividades agrícolas.
Ese sincretismo, aseguró, sigue vivo. Hoy pueden verse altares con calaveritas junto a brujitas o calabazas, y niños de pueblos originarios pidiendo su “calabacita”, como una versión local del “truco o trato” de Halloween. “Lo sincrético que se dio en el siglo XVI se sigue manifestando”, resumió.
Sobre la influencia estadounidense, señaló que Halloween logró entrar sobre todo entre los jóvenes, aunque el Gobierno mexicano, a través de la Secretaría de Educación Pública, impulsa en las escuelas la tradición propia como expresión de “cohesión social” y “expresión viva comunitaria”.
El altar, la flor de cempasúchil y la ofrenda
El ritual central, describió el especialista, es el altar doméstico. En Veracruz suele armarse sobre una mesa alta, de alrededor de un metro, cubierta con un mantel bordado o “bonito”, y coronada por un arco forrado con flor de cempasúchil, la flor amarilla y de aroma característico que simboliza la fecha.
Sobre ese altar se coloca la ofrenda: tamales, pan de muerto, chocolate, té, mole de gallina o de guajolote (pavo), bebidas como cerveza, brandy o whisky, cigarros, dulces y frutas de temporada.
El 2 de noviembre todo eso se come junto a los difuntos, en la casa o en el cementerio, donde muchas familias llevan la ofrenda a la tumba y celebran con mariachis y conjuntos musicales.
Aromas que guían a las almas
Para los pueblos originarios, los aromas cumplen un rol central. “Son los que atraen a los difuntos”, explicó López Cardeña, en referencia al olor de las velas, el copal, el incienso y el cempasúchil.
Y agregó un detalle que forma parte de la experiencia de cada familia: cuando se come la ofrenda, “siempre se dice que sabe diferente”, porque la idea es que las almas “se llevaron la esencia” del alimento.
Una fiesta que se vive distinto en cada pueblo
El antropólogo insistió en que pensar que en todo México se celebra igual es “una idea equivocada”. “Cada pueblo, cada municipio, cada comunidad lo celebra de manera diferente”, afirmó.
Como ejemplo, mencionó comunidades del estado de Puebla donde la ofrenda no se coloca en una mesa sino en el suelo, sobre un petate tejido de palma, junto a fotos de los difuntos e imágenes de santos.
También explicó que el calendario se extiende más allá del 1 y 2 de noviembre. Hacia fines de octubre se recibe a las almas de los niños, con una ofrenda especial de tamales dulces, chocolate y golosinas. Y en muchos pueblos originarios el recuerdo de los muertos continúa con rezos y novenarios hasta el 30 de noviembre, día de San Andrés.
Chamanes, rezanderos y el mercado de los muertos
Donde la fiesta alcanza “su mayor esplendor”, señaló, es en las comunidades indígenas. Allí se realiza el mercado o plaza de los muertos, donde se venden los insumos para armar los altares domésticos.
En esas ceremonias aparecen figuras como los chamanes o sacerdotes, que reciben distintos nombres según la región: “men” en la zona maya, “ilol” en los Altos de Chiapas, y curanderos o rezanderos en otras zonas, quienes invocan a las almas.
“En México nos reímos de la muerte”
Desde la mirada antropológica, López Cardeña planteó que el culto a los muertos es un universal de la cultura, presente en buena parte de los pueblos sudamericanos y centroamericanos. La diferencia mexicana, dijo, quizás esté en la forma: “nos reímos de ella”, y eso es lo que llama la atención en el mundo.
El investigador reconoció además el lado personal de la fecha. Contó que para él sigue siendo “la fiesta más bonita, más sensible, más emocional”, y recordó la ofrenda que armaba su madre, que sorprendía a todo su barrio pese a “la pobreza en la que vivíamos”.
Una experiencia que todavía no logra explicar
Consultado sobre si existe la vida después de la muerte, el antropólogo relató experiencias que, según dijo, “lo ponen a uno a dudar”.
Contó que, tras visitar una escuela en una zona rural, se perdió junto a un colega en los cerros y que un hombre con sombrero y un palo en la mano, sin hablar, les indicó con la mano que lo siguieran hasta el pueblo. Al llegar, los vecinos que los buscaban con lámparas les aseguraron que venían solos.
“Algo aquí no está funcionando desde nuestra lógica científica”, reflexionó López Cardeña, quien aseguró que todavía hoy sigue conversando sobre aquel episodio con su colega.


