Agotamiento emocional: ¿Qué señales hay que identificar en estas circunstancias?
En diálogo con "Pasen y Vean", programa que se transmite de 9.30 a 12 horas por LU9 Mar del Plata, la columnista y Lic. Alejandra Linardi, psicóloga, habló sobre señales silenciosas de alguien ecomocionalmente agotado de vivir.
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El agotamiento emocional dejó de ser un problema individual para volverse casi una constante social. Así lo planteó la psicóloga y psicoanalista Alejandra Linardi en su columna semanal en LU9 Radio Mar del Plata, donde advirtió que se trata de un desgaste "silencioso" que muchas veces no se percibe y que no se cura con unos días de reposo.
La especialista aclaró de entrada un punto clave para no confundir el tema: estar "agotado de vivir" no significa querer dejar de vivir, sino estar cansado "de vivir de esta manera", es decir, de la rutina, del estrés constante y de la sensación de tener que estar siempre en alerta. Según explicó, ese cansancio tiene hoy "bastante incidencia" porque la gente trabaja mucho para ganar apenas lo suficiente para subsistir, y a los problemas individuales se les suman las preocupaciones económicas y de seguridad.
Un cansancio que no se va con el descanso
Linardi diferenció el agotamiento psicofísico —una mezcla de lo psicológico y lo físico— del que es puramente emocional. La señal de alarma, señaló, aparece cuando el descanso no alcanza: la persona se toma unos días, hace reposo por indicación médica y, aun así, "se levanta y sigue agotada".
Ese desgaste, agregó, suele estar ligado a un estrés y una preocupación permanentes, muchas veces frente a situaciones que no tienen solución. Puso como ejemplo tener que cuidar a un padre o una madre con una enfermedad crónica y, al mismo tiempo, sostener a la propia familia, trabajar, hacer trámites y criar hijos. En esos casos, describió, la persona queda como en una "calle sin salida", donde la única salida termina siendo el propio agotamiento.
El celular, entre el trabajo y el descanso
Entre las causas, la psicóloga ubicó el agotamiento sensorial, que resumió en una palabra: "el celular, la tecnología". Es esa sensación de "ya miré mucho", de no querer recibir más estímulos, que —según observó— afecta más a los adultos que a los chicos.
El problema se agrava, dijo, porque hoy muchas personas trabajan con el mismo dispositivo con el que se distienden. "Donde debería estar el placer, la distensión, el ocio, está el trabajo", planteó, y advirtió que cuando ambos mundos conviven en la misma pantalla, todo se "contamina": uno se atrasa, se distrae, va a mirar un WhatsApp, aparece un mail, termina contestando el mail y se olvida de lo que estaba haciendo.
A eso se suma lo que llamó cansancio social, propio de quienes trabajan interactuando todo el día en plataformas y empresas, entre "buenos días, buenas tardes" y correos. Ese desgaste, graficó, genera muchas veces la necesidad de "taparse con la frazada", cerrar la ventana de la pieza y que no se acerque ni un ser humano.
Rendimiento por encima del bienestar
Consultada sobre la presión de ser productivo de manera permanente, Linardi fue categórica: hoy está más sobrevaluado el rendimiento que el bienestar. Reconoció que las empresas empezaron a hablar del bienestar del "recurso humano", pero sostuvo que, mientras el rendimiento se imponga por sobre el bienestar, la ecuación no cierra y no hay forma de no terminar agotado.
También marcó un cambio de época. Antes, recordó, la vida era más sencilla: se iba a trabajar, se volvía a casa y, al terminar el horario, hasta el otro día no se pensaba en el trabajo. "Hoy hay un continuo, casi no hay corte", resumió, algo que atribuyó a la combinación de tener varios empleos y de una tecnología que impide desconectarse.
La hiperconectividad y el "piloto automático"
La columnista describió una hiperconectividad que atraviesa el día completo: lo último que se hace de noche y lo primero al despertar es usar el celular. Eso, explicó, no implica solo estar frente a una pantalla, sino responder demandas de los demás. Antes uno se levantaba, se cepillaba los dientes y se peinaba; ahora, dijo, primero se contesta el mensaje y "ya tenés un problema a resolver antes de levantarte".
El riesgo, advirtió, es que el problema es invisible: quien está agotado emocionalmente muchas veces no lo ve, porque funciona en "piloto automático". A largo plazo, sin embargo, ese desgaste puede dar síntomas psicológicos o físicos, e incluso notarse en el aspecto. Para graficarlo, mencionó cómo la exigencia y la presión sostenidas transforman con los años a quienes ocupan cargos de altísima exposición, hasta hacerlos "terminar siendo otro".
Aprender a hacer una pausa
Para Linardi, la clave está en "aprender a parar, en aprender a pausar". La tecnología, dijo, no tiene pausa —el celular es "el amigo fiel", prendido las 24 horas—, así que la pausa la tiene que poner cada uno. Confió en que, con el tiempo, habrá más conciencia de que esa pausa es la que permite una buena relación con la tecnología.
Como ejemplo, citó a los colegios que ya restringen el uso del celular, al advertir que, si bien puede ser una herramienta pedagógica, termina funcionando como un distractor y una fuente de estrés para el aprendizaje. Dejar la tecnología es hoy imposible, aclaró, pero pausarla no: es una autocrítica que cada uno debe hacer, si puede.
Cuándo pedir ayuda profesional
Entre las recomendaciones, la especialista sugirió desconectarse, buscar otros tipos de vínculos, priorizar el tiempo con la familia y los amigos por sobre el del trabajo, hacer actividad física, alimentarse bien y administrar mejor el tiempo, eligiendo en qué se lo ocupa. Aun así, reconoció que hay personas que "no paran" y generan picos de estrés que no pueden resolver solas.
En esos casos, remarcó, hace falta acompañamiento profesional. El agotamiento emocional, insistió, "no es algo a desmerecer", porque puede derivar en enfermedades graves, incluso físicas.


