"Lo hago porque puedo": la advertencia de Víctor Palacios sobre el yo que perdió los límites
En diálogo con "Ecos de Mañana", programa que se transmite de 7.30 a 9.30 horas por LU9 Mar del Plata, el columnista Víctor Palacios, docente y filósofo, habló sobre los conflictos individuales de cada ser humano y el ideal del 'yo'.
:format(webp):quality(75)/https://lu9mardelplatacdn.eleco.com.ar/contenido/noticias/original/1777384918.jpeg)
El Víctor Palacios propuso este martes en los estudios de LU9 una reflexión sobre lo que definió como el "yo prepotente": ese sujeto moderno que actúa bajo la lógica del "lo hago porque puedo" y que, al perder de vista las reglas y los límites, deriva en arbitrariedad. Para el filósofo, se trata de una potencia que nació como conquista de la modernidad pero que, llevada al extremo, "se pasó tres pueblos como mínimo".
El planteo recorrió un arco que va desde la revolución copernicana hasta la crisis posmoderna. Según Palacios, el mismo "yo" que en el siglo XVI fue capaz de voltear teorías milenarias es el que hoy, sin autorregulación, avanza sobre los derechos de los demás, las instituciones y el equilibrio necesario para "vivir juntos respetando a la otra persona".
El nacimiento del yo pensante
El columnista situó el origen del problema a fines del siglo XVI, cuando Copérnico, Galileo y los astrónomos de la época cuestionaron la teoría geocéntrica y produjeron lo que se conoció como revolución copernicana. Palacios recordó que aquella idea sostenía que "la tierra era el centro del universo", una verdad que venía desde la antigüedad, refrendada por Aristóteles y convertida en sentido común durante dos mil años.
Allí, explicó, aparece "un yo que piensa", capaz de derribar una teoría tan antigua a partir de la observación científica. Para el filósofo, ese gesto pone las bases del "yo pienso" cartesiano y de una nueva subjetividad moderna: el yo pasa a ser la sede de la verdad, desplazando otros criterios anteriores ligados a los textos sagrados o consagrados.
Un yo potente, pero no omnipotente
El punto de inflexión, según Palacios, llega cuando ese yo moderno se convierte en base absoluta de la verdad y se olvida de que la modernidad también construyó un orden basado en reglas. "Mi yo vale lo mismo que el yo de cualquiera", subrayó, para recordar que existe un orden jurídico y legal en el que los derechos del resto cuentan igual que los propios.
En esa línea, marcó una distinción que atraviesa toda la reflexión: la ciencia y la verdad modernas se levantaron "sobre la idea de un yo potente, pero no sobre la idea de un yo omnipotente". Es decir, un yo que puede mucho, pero que necesita el doble chequeo, el respeto por el posicionamiento de los demás y la renuncia a creerse un iluminado con acceso directo a una verdad superior.
La crisis posmoderna y la arbitrariedad
Esa tensión, advirtió, entró en crisis. Palacios describió la etapa posmoderna como "la exasperación" de la posibilidad de que cada uno haga lo que quiere simplemente porque puede. Y alertó que el fenómeno no se limita a lo individual: también se traslada al plano político, nacional e internacional.
En ese terreno, señaló que reaparecen "cuestiones de una arbitrariedad" inquietantes, al punto de que "vuelven a aparecer campos de concentración o genocidios" porque una potencia tiene la fuerza militar para hacerlo. El resultado, sostuvo, es un cambio de signo: en lugar de un orden basado en reglas, "un desorden basado en la prepotencia", que en la vida cotidiana se traduce en quienes "pisotean, rompen, avanzan simplemente porque pueden".
"Algo huele mal en Dinamarca"
Para cerrar, Palacios retomó la imagen shakespeariana de la catástrofe, esa sensación de que "algo se rompió y ya no funciona". El propio Nicolás completó la cita de Hamlet —"algo huele mal en Dinamarca"— y el columnista la hizo suya con una condición.
"Algo huele mal si nosotros no autorregulamos la capacidad de irrumpir simplemente porque podemos", concluyó. La advertencia final apunta menos a un diagnóstico cerrado que a una responsabilidad compartida: sin esa autorregulación, dijo, se pierde el orden jerárquico, la regulación de valores y el principio ordenador que permite la convivencia.


