Mitos del yoga: no hace falta ser flexible ni tranquilo, y es para todas las edades
En "Tarde para Armar" con Maricel Lopez, Irina Dell'Angelo, instructora de yoga, habló sobre los beneficios de esta disciplina.
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El yoga es una práctica milenaria que busca calmar el ruido de la mente a través de posturas, respiración, meditación y relajación. Así lo explicó la instructora Irina Abelangel en la columna de bienestar de los martes de LU9 Radio Mar del Plata, donde advirtió que el momento más desafiante de cada clase no es una postura exigente, sino los minutos finales de quietud.
Además, derribó algunos de los mitos más comunes: para practicar yoga no hace falta ser flexible ni tranquilo, y es una disciplina “para todas las edades, incluso desde la niñez”, hasta los adultos mayores.
Qué es el yoga y qué busca
Abelangel recordó que el yoga es una práctica milenaria originada en la India y que su búsqueda es “el cese de las fluctuaciones de la mente”.
Según explicó, muchas veces un pensamiento dispara otro y terminamos olvidando lo que estábamos pensando. La práctica propone observar ese movimiento a través de las asanas, que son las posturas; los pranayamas, que son técnicas de respiración; y la meditación.
A eso se suma siempre la relajación. “Así como uno desarrolla desde lo físico la fuerza, la flexibilidad, también tenemos la capacidad de poder desarrollar el estado de relajación”, señaló, aunque admitió que es “muy difícil”.
Meditar no es solo sentarse con los ojos cerrados
Uno de los ejes de la charla fue la presencia. La instructora sostuvo que, aunque lo más visible del yoga es el trabajo corporal y la sensación de bienestar, la práctica también ayuda a concentrarse en lo que se está haciendo.
En ese sentido, aclaró una creencia extendida: “Se cree que meditar es solamente sentarse con los ojos cerrados”, pero “a veces meditar también es poder estar cocinando”, atento a lo que uno hace en la vida cotidiana.
Para Abelangel, esa atención al presente “nos conecta un poco más con el disfrute de la vida” y permite bajar el ritmo de una rutina que empuja todo el tiempo a “hacer, hacer, hacer”.
Cómo es una clase de yoga
Una clase dura aproximadamente entre una hora y una hora y cuarto. La instructora detalló la estructura que suele seguir en sus clases:
- Concentración inicial: para dejar atrás el trajín con el que se llega, por ejemplo, del trabajo.
- Movilidad articular y entrada en calor: con una secuencia dinámica.
- Posturas sostenidas: donde se trabaja la permanencia y se observa qué pasa con la mente en un estado de quietud, a veces incómodo.
- Flexibilidad y respiración: según el propósito de cada clase.
- Relajación final: de 10 a 15 minutos, para absorber lo trabajado.
Sobre ese último tramo, fue clara: a sus alumnas y alumnos les dice que es “la parte más difícil de la clase”, porque “la mente no para”. Y la definió con humor: “Es una reina déspota”.
Para esos momentos de mente acelerada, propuso enfocarse en algo concreto, como sentir cómo el aire entra por la nariz, cómo se mueve el ombligo o el apoyo de los pies.
Menos postura de Instagram, más conciencia del cuerpo
La instructora cuestionó la imagen del yoga asociada a posturas complejas que circulan en redes sociales. A veces, contó, basta con pedir que muevan los dedos de los pies para descubrir que cuesta.
“A veces queremos ponernos la pata atrás de la cabeza, pero no podemos levantar el dedo gordo del pie”, graficó.
También reconoció que los resultados llevan tiempo, algo que suele frustrar porque “queremos sentirnos bien ya”. Sin embargo, al terminar cada clase se nota el cambio: los rostros de las personas “se van diferente a como entraron”.
Una práctica que se adapta a cada persona
Abelangel explicó que al recibir a alguien nuevo tiene en cuenta sus hábitos posturales y su rutina. “No es lo mismo una persona que está todo el día parada”, por ejemplo trabajando en gastronomía, que alguien que pasa la jornada sentado en una oficina.
Para ella, fuerza y flexibilidad “van de la mano”: una se necesita para sostener y la otra para poder cambiar, no solo en el cuerpo sino también frente a “un pensamiento, una idea, una relación”.
Por eso la definió como “una práctica integral” que trabaja cuerpo, mente y espíritu, siempre respetando la creencia de cada persona.
Pequeños cambios de hábitos
La instructora contó que muchas personas llegan al yoga por recomendación médica, incluso “medio a regañadientes”. Pero con el tiempo, dijo, “inevitablemente algo va pasando” y aparecen ganas de cambiar hábitos: comer mejor o consumir menos redes sociales y pantallas.
“No porque esté mal”, aclaró, sino por estar más presente y consciente de lo que cada uno necesita. Son cambios que quizás no se ven en poco tiempo, “pero a largo plazo lo ves”.
En sus clases suma pequeños recursos para generar un ambiente de bienestar, como un sahumerio, un aceite al final, una almohadilla de semillas para la relajación o una manta.
Qué tener en cuenta para empezar
Para quienes quieran iniciarse, recomendó llegar “sin expectativas” y con ganas de profundizar en uno mismo. “Pasa mucho que la gente viene a yoga pensando que es lento, que es aburrido, que es para gente grande”, observó.
La realidad, según su experiencia, muchas veces es otra: hay jóvenes a los que les cuesta moverse y personas mayores con muy buen ritmo. Además, destacó que cada vez más deportistas incorporan el yoga a su entrenamiento.
Los mitos que hay que derribar
Consultada sobre las creencias más frecuentes, Abelangel enumeró:
- Hay que ser flexible: no es un requisito para empezar.
- Hay que ser tranquilo: tampoco es necesario.
- Es solo para gente grande: es una práctica para todas las edades, “incluso desde la niñez” y hasta los adultos mayores.
“Cualquier persona que tenga ganas de sentirse bien” puede acercarse a la práctica, concluyó.


