La "tecnología" del castigo en el sistema educativo: columna del docente Víctor Palacios
En diálogo con "Ecos de Mañana", programa que se transmite de 7.30 a 9.30 horas por LU9 Mar del Plata, Victor Palacios, docente, filósofo y gestor educativo, analizó la situación de los castigos físicos en la historia de la escuela, desde hace 200 años hasta la actualidad.
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A más de dos siglos de la creación del reglamento escolar de Manuel Belgrano, la discusión sobre cómo construir disciplina, respeto y límites en la educación continúa abierta. Así lo planteó el especialista Víctor Palacios en diálogo radial, al repasar el origen histórico del castigo escolar y su evolución hasta la actualidad.
El eje del debate gira en torno a una pregunta que atraviesa generaciones: cómo garantizar autoridad docente y convivencia sin recurrir a la violencia, pero también sin caer en la falta de normas claras.
El reglamento de Manuel Belgrano y los límites al castigo físico
Palacios recordó que en 1813 Manuel Belgrano fundó cuatro escuelas en el norte argentino y redactó un reglamento que resultó profundamente polémico para la época. Allí se establecía que a los estudiantes no se les podía aplicar más de seis azotes por faltas graves y hasta doce solo en casos de extrema malicia, siempre fuera de la vista de los demás alumnos.
Según explicó el especialista, esa decisión fue considerada escandalosa en su tiempo, ya que el castigo físico tenía un fuerte prestigio social y educativo. Incluso, Belgrano fue acusado de fomentar el desorden y el libertinaje, porque se entendía que sin castigos severos la educación iba a decaer.
La "tecnología del castigo" en la historia escolar
El análisis histórico muestra que durante siglos el castigo fue una herramienta central de la educación. Palacios señaló que desde la Edad Media y la tradición judeocristiana, el castigo estaba asociado a la culpa y a la formación moral. Prácticas como arrodillarse sobre maíz, los golpes con varas o cañas formaban parte de lo que se conocía como una verdadera "tecnología del castigo".
En países como Gran Bretaña, explicó, existía incluso una reglamentación precisa sobre cuántos golpes se podían dar. En ese contexto, limitar los castigos, como hizo Belgrano, implicó un quiebre cultural. Sin embargo, pocos años después, el castigo físico ilimitado volvió a instaurarse bajo la idea de que el docente actuaba in loco parentis, es decir, en el lugar de los padres.
Del castigo al cambio de paradigma en el siglo XX
Con el correr del tiempo, el castigo físico comenzó a ser cuestionado y progresivamente prohibido en distintos países. Palacios recordó que en algunas naciones, como Gran Bretaña, estas prácticas se mantuvieron hasta entrados los años 90.
Hoy, sostuvo, resulta impensable que madres y padres acepten un correctivo físico para sus hijos. El debate actual ya no pasa por la violencia, sino por cómo construir respeto, autoridad y disciplina en las escuelas contemporáneas.
¿Laxitud o límites en la escuela actual?
El especialista planteó que la discusión actual guarda similitudes con la que se dio en tiempos de Belgrano. Existen sectores que consideran que sin sanciones la educación se debilita y que la autoridad docente se diluye, mientras que otros advierten sobre el riesgo de confundir respeto con miedo.
Palacios remarcó que es necesario reconocer el mérito, el esfuerzo y también señalar las transgresiones, ya que la ausencia total de límites conduce a la anomia, es decir, a la falta de normas. Sin embargo, aclaró que cuando el respeto se construye desde el temor, deja de ser verdadero respeto.
Autoridad docente, reglas y contexto social
Finalmente, el especialista vinculó el debate educativo con discusiones más amplias de la sociedad actual, como la demanda de "mano dura" frente a hechos graves. En ese sentido, advirtió que imponer límites sin capacidad real de control o sin un sentido pedagógico claro resulta ineficaz.
La historia, concluyó, enseña que la clave está en construir reglas inteligentes, con objetivos claros y respetuosos, tanto en la escuela como en la sociedad. Normas que no busquen "cortar la cabeza por un dolor de cabeza", sino formar, acompañar y educar con sentido.


