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      Orfanda adulta: columna de psicología con Alejandra Linardi

      En diálogo con "Pasen y Vean", programa que se transmite de 9.30 a 12 horas por LU9 Mar del Plata, la columnista, Licenciada en Psicología Alejandra Linardi, analizó el momento que atravesamos cuando nos quedamos sin padres siendo adultos.

      21 de mayo de 2026 | 21:10
      Orfanda adulta: columna de psicología con Alejandra Linardi

      La pérdida de los padres en la adultez genera un tipo de duelo poco visibilizado socialmente, pero con fuertes consecuencias psicológicas: la llamada orfandad adulta. Así lo explicó la licenciada en psicología Alejandra Linardi, columnista de LU9 Radio Mar del Plata, quien advirtió que dejar de ser hijo modifica la identidad del adulto y puede destapar conflictos familiares hasta entonces silenciados.

      Linardi subrayó que, aunque la palabra "huérfano" se asocia culturalmente a la infancia y a la desprotección, existe una forma adulta de orfandad que aparece a partir de la mediana edad, cuando comienza a ser estadísticamente probable perder a los progenitores. "Cuando uno pierde un ser querido, no pierde solo ese ser querido: algo de uno se va en esa identificación", señaló la especialista.

      Una palabra reservada a la infancia que también nombra al adulto

      La columnista planteó que socialmente se habla muy poco de esta etapa porque la figura del huérfano quedó asociada al niño que queda sin sus padres por catástrofes o circunstancias trágicas. Sin embargo, advirtió que la orfandad adulta sucede dentro de lo que popularmente se conoce como "la ley de la vida", en general a partir de los 40 años, y que ese carácter previsible no la vuelve menos compleja desde lo psíquico.

      Linardi remarcó que la condición de hijo no se pierde nunca, sin importar la edad: "si vos tenés 70 años y se muere tu mamá de 100, vos sos hijo y sufrís igual esa pérdida". Por eso, la muerte de un padre o una madre deja a la persona con un sentimiento de soledad vinculado a la desaparición de quienes la precedieron, le dieron valores y formaron parte de su historia.

      El duelo después de los trámites: cuando empieza lo más difícil

      La especialista diferenció el momento social del duelo, vinculado a velatorios y entierros, del proceso íntimo posterior. Explicó que los rituales de despedida no son un buen termómetro del estado emocional, porque allí la persona todavía no termina de dimensionar lo ocurrido. "El problema de la muerte son los momentos siguientes", aseguró.

      Según detalló, los trámites administrativos son punzantes y dolorosos, pero imprescindibles. El verdadero duelo aparece cuando el adulto comienza a transitar la vida cotidiana sin ese ser querido y debe reorganizar tanto su identidad como sus vínculos. Allí emergen sentimientos como la angustia, la conciencia del paso del tiempo, la propia vejez y, en algunos casos, la urgencia de aprovechar la vida.

      Generaciones bisagra: del rol de cuidador al vacío

      Linardi introdujo el concepto de generaciones bisagra para describir a quienes, debido a la mayor esperanza de vida, terminan cuidando simultáneamente a hijos, nietos y padres mayores. En esos casos, la muerte del progenitor puede traer una sensación de alivio, pero también la pérdida abrupta del rol de cuidador.

      La psicóloga aclaró que todo cambio de roles psíquicos genera un duelo y un desequilibrio momentáneo dentro del sistema psicológico de la persona. Por eso, incluso cuando el fallecimiento llega tras un largo período de cuidados, deja un vacío que requiere ser elaborado.

      Conflictos familiares que estaban escondidos

      Otro de los puntos centrales de la columna fue el surgimiento de conflictos familiares latentes tras la muerte de los padres. Linardi mencionó como ejemplo las disputas por herencias, que muchas veces desunen a los hermanos y rompen vínculos que se sostenían gracias a la figura del progenitor.

      La especialista advirtió que estos episodios pueden derivar en consecuencias psicológicas inesperadas, e incluso en enfermedades físicas. Señaló que muchas personas llegan por primera vez a una consulta psicológica a raíz de la muerte de un padre o una madre, porque allí emergen cuestiones que habían permanecido ocultas durante años.

      También aludió a los duelos más complejos: aquellos en los que no había relación con el padre o la madre fallecidos. "Las peores muertes son cuando uno no tenía relación con esos padres y queda huérfano", sostuvo, al explicar que en esos casos se suman la pérdida de la identificación como hijo y la hostilidad no resuelta, que queda flotando en el psiquismo.

      La última oportunidad: cerrar antes del final

      Linardi insistió en la importancia de buscar la reconciliación cuando todavía es posible. Relató el caso de una persona enfrentada con su padre, que prácticamente no le dirigía la palabra, y a quien se le aconsejó acercarse en las últimas horas de vida del hombre. La hija finalmente fue, le sostuvo la mano y el padre alcanzó a agradecerle antes de morir.

      La especialista remarcó que ese gesto no debe hacerse únicamente por la persona que está por partir, sino también por uno mismo: "es la última oportunidad que vos tenés para hacer otra cosa con eso". Advirtió que, una vez fallecido el otro, ese trabajo solo podrá hacerse psíquicamente en terapia, pero ya no podrá modificarse nada en la realidad, lo que suele derivar en duelos complicados.

      Una etapa inevitable que merece ser nombrada

      La columna cerró con una reflexión sobre lo inexorable de la pérdida y la necesidad de visibilizar este tipo de duelo. Linardi sostuvo que, aunque socialmente se relativice el dolor con frases como "mirá todo lo que vivió", en la intimidad de cada persona ese sufrimiento es real y merece espacio para ser elaborado.

      La especialista recordó que ser hijo es una condición que acompaña toda la vida y que, cuando los padres ya no están, queda un sentimiento de soledad que solo puede transitarse reorganizando los vínculos con quienes siguen: hijos, nietos y nuevas generaciones.

       

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